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¿Una estocada más?

¿Una estocada más?. Si. Esta vez bajo la inocente forma de una cartadocumento que exigía que, además, la mantuviese económicamente.
Obviamente, extorsión moral incluida. Remite: una madre. Recibe: ¿una hija? ¿sin recursos?. Una estocada más de quien no pudo o no quiso hacer otra cosa con las antiguas, aunque permanentemente reactualizadas por su rico hijo cincuentón, estocadas del nazismo. Las relanzaban bajo la excusa de otros ideales. Más nobles. El de las víctimas. Es comprensible. Es una ética. Una . La misma. Se la puede palpar en su intento de dar brillo a las injurias ananadantes: ¡Morite basura judíoalemansudacapobrenegrogoygay-demierda!. Eso funciona.
Repetitivamente. Sus efectos son innegables. Tan cotidianos y lógicos que ni siquiera asombran. Su lógica: conjunto cerrado vs. Equis.
Partido y revancha; sin desempate; o con desempate del desempate del desemapate. Hasta la muerte. Una puerta lógica dominada por un deseo mortífero, muchas veces vehiculizado por esa voz gutural apenas disimulada por la armonía requerida por la composici/ón de una carta documento, algo menos cuando se hace sonora a través de los avances telefónicos computarizados que, denota el progreso de el hombre, tampoco son asaltados por la angustia.
Entonces fue que ella hizo un recorrido. No tanto de las exploraciones y degradaciones recibidas comoo de las consentidas. Día y noche. Sin descanso. Hasta el sgotamiento. Su alternativa actual era; ¿quieres aceptar la humillación de mantener a tu costa la boca sin fondo que exige más sacrificios? O ¿quiéres aceptar la humillación de mantenre a tu costa la boca sin fondos que exige más sacrificios?.
Decorados evaporados. Si bien había caminos con menos piedras que otros - una súplica puede resultar menos penosa que el remordimiento - no había paisaje que ocultara la roca con sus pocas inscripciones: Horno - matadero, versión 1993. Suscribe: el grotesco Panadero.
Y entonces apeló al Padre. Y éste, con la fuerza de su nombre y su recuerdo testimonió que también había sido exterminaado. Y apeló a los sueños y estos se revelaron como escenarios de pesadillas que se continuaban durante el día. Ya antes hubo apelado a marido, hijos, maestros, colegas, abogados. Cada uno, un granito de arena en un balde con un vacío insistente, insoslayable, solitario, que a veces se superponía al vacío de esa boca sin fondo que reclamaba.
Y entonces el vacío apeló a ella, instalándosele. Quedo, tocada, creo, no tanto por la estocada como por el hueco que esta implicaba.
Ambas estaban tocadas. Pero de modo distinto. La madre por la guerra, que la llevó en brazos de su hijito reivindicatorio a un proceso de segregación con odioo creciente. La otra de un modo que no me es comprensible. Una feroz exigencia de amor correspondido sabiendo simultaneamente que es imposible. A veces un engañoso sacrificio por su marido para no desengañarse. Un combate implacable y extenuante en cada uno de los frentes abiertos, encontrados como por un instinto, tras los falsos ropajes de la cotidianeidad. Y en ese lugar, con una angustia no reductible por ansiolíticos, una acción, un invento, un cariño, una mentira, una locura.
Una es la madre. La otra una ¿mi? Mujer.

Miguel Metipsemus
Agosto 1993

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